Era un mediodía cualquiera del 28 de abril de 1993, cuando la calle Brondo, una angosta vía en el centro de Palma, se convirtió en el escenario de un horror inesperado. A las doce y media, un estruendo ensordecedor rompió la tranquilidad habitual. Los edificios temblaron y una nube de polvo se alzó sobre los tejados, dejando a los vecinos atónitos. En cuestión de segundos, los gritos comenzaron a resonar; algo terrible había sucedido.
La tragedia en Can Brondo
En un instante, la pensión Can Brondo quedó devastada. Lo que antes era un modesto refugio ahora era solo escombros y dolor. Tres personas quedaron atrapadas en una habitación del entresuelo, luchando por sus vidas con quemaduras gravísimas. El fuego apenas tuvo oportunidad de propagarse, pero la onda expansiva fue brutal.
Los primeros en llegar fueron bomberos y policías locales, que invadieron una calle normalmente callada junto al conocido Bar Bosch. Mientras los equipos atendían a los heridos, otros vecinos observaban incrédulos cómo el caos se apoderaba del lugar: tabiques caídos, ventanas reventadas y cascotes por doquier. Un testigo describió cómo escuchó un ruido seco; al asomarse al primer piso solo encontró confusión y humo.
Las víctimas eran dos hombres -J.M.F. B., P.T.R., ambos de 33 años- y una joven llamada A.S.C., de 25. La gravedad de las quemaduras llevó a activar un protocolo inusual para Mallorca en esos años: ambos hombres fueron trasladados en helicóptero hasta la Unidad de Grandes Quemados del hospital Vall d’Hebron en Barcelona, mientras que la mujer fue llevada al hospital La Fe en Valencia.
A medida que los médicos luchaban por salvarles la vida, la investigación comenzó entre las ruinas humeantes. La Policía Local hizo un hallazgo crucial: encontraron que la goma de una bombona de butano había sido cortada con un cuchillo. Todo indicaba que alguien había abierto esa bombona para inhalar gas antes del desastre.
Cuando uno intentó encender el hornillo para cocinar algo, no imaginaba que ese pequeño gesto desataría una trampa mortal. Una chispa fue suficiente para inflamar el gas acumulado y provocar aquella violenta explosión que transformó esa mañana tranquila en pura pesadilla.
Días después, las noticias sobre su estado empeoraban; complicaciones respiratorias hacían presagiar lo peor. Finalmente, el 5 de mayo llegó lo inevitable: P.T.R falleció debido a las graves lesiones sufridas.
A pesar del horror vivido aquel día, pronto todo volvió a la normalidad en Brondo; comercios abrieron sus persianas otra vez y las ambulancias desaparecieron tan rápido como habían llegado. Sin embargo, quienes vivieron aquellos momentos nunca olvidarán el estruendo aterrador ni las sirenas frenéticas cruzando las calles estrechas del casco antiguo.
Esa explosión marcó un antes y un después para Palma; mientras muchas pensiones comenzaban a modernizarse hacia lo que hoy son costosos hoteles ‘boutique’, también surgían negocios frecuentados por quienes no podían permitirse más lujo durante aquellos tiempos inciertos.
Palmase estaba transformando sin pausa; aunque aún no se hablaba ni de masificación turística ni turismofobia, su esencia estaba cambiando. El relato sobre lo ocurrido aquella fatídica mañana se convirtió en tema recurrente durante algún tiempo… hasta desaparecer entre rumores y anécdotas cotidianas.

