En el corazón de Mallorca, algo está cambiando. Este año, las calles se llenan de voces que no están dispuestas a callar ante la masificación turística que ahoga nuestra isla. La manifestación de este fin de semana no es solo otra reunión de pancartas y cánticos; es una respuesta vibrante y colectiva a años de indiferencia.
¿Por qué ahora? Nos preguntamos muchos. La verdad es que los problemas han estado ahí, pero la chispa ha encendido un fuego en el alma de los mallorquines. Aina Vidal, una activista comprometida, menciona cómo “los fuegos no se apagan con gasolina”, refiriéndose a la necesidad urgente de cambiar el rumbo antes de que sea demasiado tarde.
Un sentimiento compartido
La frustración es palpable. Todos sentimos que nuestros espacios están siendo despojados por un turismo desmedido y sin límites. Las palabras del presidente Prohens resuenan entre los asistentes cuando habla del crecimiento desbocado del sector turístico como si fuera un monstruo al que debemos domesticar. Pero ¿qué ha hecho realmente? Muchos se preguntan si sus promesas son solo humo.
Aún más preocupante es cómo algunas instituciones parecen haber olvidado su responsabilidad hacia los ciudadanos y, en cambio, han optado por convertirse en agentes inmobiliarios para intereses ajenos. MÉS lo ha dejado claro: “no podemos permitir que nuestra tierra sea tratada como una mercancía”.
Mientras tanto, el Congrés empieza a moverse para adaptar políticas que respondan al alto coste de vida en las Balears. Es hora de poner sobre la mesa lo que hemos dejado atrás y luchar por un futuro donde Mallorca sea verdaderamente sostenible y respetuosa con su gente.

