El juez Giovanni Falcone, un nombre que resuena con fuerza en la lucha contra el crimen organizado, se convirtió en el blanco de la mafia por atreverse a sentar a sus líderes en el banquillo. Antes de su trágico asesinato en 1992, Falcone visitó Mallorca en dos ocasiones, buscando desentrañar las conexiones de la Cosa Nostra en esta hermosa isla del Mediterráneo. ¿Qué encontró? Esa es una historia que vale la pena contar.
Un viaje lleno de riesgos y determinación
Todo ocurrió el 23 de mayo de 1992. La calma fue destrozada por una explosión devastadora en la autopista A29 cerca de Palermo, donde más de 500 kilos de explosivos acabaron con la vida del juez y su esposa, Francesca Morvillo. En ese fatídico momento, Falcone no solo perdió su vida; Italia perdió a uno de sus más valientes defensores. Pero antes de eso, había estado trabajando incansablemente para desmantelar la estructura mafiosa desde sus cimientos.
Nacido en Palermo en 1939, Giovanni Falcone rompió moldes al demostrar que se podía combatir a la mafia. A través del seguimiento del dinero y con una colaboración sin precedentes entre jueces y policías internacionales, comenzó a tejer una red impenetrable alrededor del monstruo mafioso. Su mayor logro fue el conocido ‘maxiproceso’, donde cientos de mafiosos fueron llevados ante la justicia gracias a las valientes declaraciones del arrepentido Tommaso Buscetta.
Pese a vivir bajo amenaza constante y custodia policial, nunca cedió al miedo. “Un juez no puede dejar su deber por miedo”, solía decir. Sin embargo, el 23 de mayo cambió todo; aquella conexión mallorquina quedó truncada cuando ‘el Cerdo’ activó los explosivos diseñados para acabar con su vida.
Aquel día también marcó un punto crucial para Italia: decenas de miles se reunieron para despedirlo y expresar su indignación. A raíz de estos asesinatos, el Estado italiano tomó cartas en el asunto reforzando leyes y recursos para luchar contra la mafia.
En esos viajes a Mallorca buscaba información sobre un capo vinculado al famoso abogado Rafael Perera. Aunque intentaba mantener un perfil bajo durante sus estancias—charlando educadamente con los locales—no podía evitar sentir que estaba siendo observado. Un instante lo reveló todo: al notar una mirada curiosa detrás suyo, su instinto le dijo que era una amenaza potencial.
A pesar del peligro inminente que acechaba tras cada esquina y cada conversación casual con los policías locales, Falcone estaba decidido a descubrir lo que había detrás del monocultivo turístico en Mallorca; quería desvelar qué papel jugaban algunos compatriotas afincados allí dentro del engranaje mafioso.

