En el barrio palmesano de Son Oliva, la historia de una mujer con movilidad reducida se ha convertido en un verdadero drama cotidiano. Cada vez que intenta entrar o salir de su coche, la situación no solo sorprende, sino que también indigna a quienes viven cerca. En la calle Isaac Albéniz, justo enfrente de un taller mecánico conocido por todos, se encuentra una plaza reservada para personas con discapacidad. Pero lo que debería ser un alivio se transforma en un desafío monumental.
Un espacio más complicado que útil
Bartolomé, el esposo de la usuaria del vehículo, narra las peripecias que deben sortear: «Llevamos tres meses avisando al ayuntamiento y no nos hacen ni caso. Hemos llamado al 010 y nada». La imagen es clara; un árbol robusto y una señal que prohíbe aparcar sin la tarjeta correspondiente limitan drásticamente el acceso al coche. Es casi como si estuvieran diseñados para complicar aún más las cosas.
«Cuando llueve es todavía peor», continúa Bartolomé. El barro y el estrecho bordillo convierten cada intento en una lucha por no acabar embarrado o patinando en el intento. Y si eso no fuera suficiente, a veces opta por aparcar lejos porque simplemente «es imposible» acceder al vehículo sin hacer malabares. Para él y su esposa, esa plaza debería ser un lugar seguro y accesible, pero se ha transformado en una verdadera cabeza de dolor.
Los vecinos son testigos silenciosos de esta injusticia diaria. Observan cómo cada salida del coche representa una batalla para esta pareja, llena de obstáculos insalvables. «Para mi mujer es todo un reto moverse», dice Bartolomé mientras mira alrededor esperando que alguien escuche sus súplicas y actúe para resolver este problema que ya dura demasiado tiempo y que incluso suele ser tema de conversación entre los habitantes del barrio obrero.

