Cuando el reloj marca poco más de las diez y todavía hay quienes se resisten a abandonar la cama, la Calle del Jamón ya está en plena ebullición. Los vendedores ambulantes, con sus coloridas camisetas de fútbol al hombro, se convierten en los protagonistas de esta mañana veraniega. En ese rincón emblemático de la Playa de Palma, donde el bullicio nocturno parece no tener fin, jóvenes ansiosos empiezan su jornada armados con latas de cerveza y botellas mezcladas que bien podrían pasar por un desayuno alternativo.
Una fiesta sin horarios
Los turistas llegan en tropel desde los hoteles cercanos o tras una breve parada en el supermercado para cargar pilas. Ya se escucha música a todo volumen mientras los primeros clientes se acomodan en las mesas repletas del bar más famoso del lugar. Las pantallas exhiben partidos de la WNBA, pero aquí lo que importa es brindar por un nuevo día con cervezas frescas y tapas para hacer frente al calor.
A medida que avanza la mañana, el ambiente se torna cada vez más denso. El ‘top manta’ también hace su aparición: un mar de camisetas alemanas listas para ser regateadas por aquellos que quieren llevarse un trocito del verano balear. La escena es inquietante para muchos vecinos que ven cómo el incivismo y la inseguridad asoman entre risas y copas. No hay duda: algo ha cambiado en este rincón turístico.
La preocupación crece entre quienes viven aquí. ¿Qué pasará cuando llegue el verano? Ellos saben que no hay horarios establecidos; la fiesta empieza justo después del desayuno y parece intensificarse con cada temporada. Ahora solo queda esperar cómo evolucionará esta realidad donde lo cotidiano se convierte en festivo desde primera hora.

