Era un hombre alto y robusto, con una apariencia que inspiraba temor. Y aquel domingo 15 de noviembre de 1992, tres policías nacionales que disfrutaban de un día en familia en el bosque del Castell de Bellver se encontraron con alguien que no esperaban. En medio de la naturaleza, se toparon con Esteban, un holandés que había huido tras asesinar a María Amparo, una joven vecina de Ibiza. Su historia es desgarradora y está llena de sombras.
El oscuro secreto detrás del crimen
María Amparo tenía solo 29 años cuando su vida fue truncada. El viernes anterior a su muerte, la Policía Local había encontrado su cuerpo sin vida en un apartamento de la Urbanización Siesta. Había sido brutalmente estrangulada y, como si eso no fuera suficiente horror, su asesino se había dado a la fuga llevándose su coche. Este vehículo sería más tarde localizado en el aeropuerto de Ibiza.
Con cada pista que seguían los investigadores, el círculo alrededor de Esteban se iba cerrando. Compartía un vínculo complicado con la víctima; convivían aunque no eran pareja formalmente. La angustia crecía al saber que las autoridades tenían su retrato robot y estaban tras sus pasos. Así fue como ese día soleado, mientras los niños jugaban y las familias disfrutaban del aire libre, los policías lo reconocieron entre los pinos: era él.
“Yo soy el que buscáis”, les confesó sin pensarlo dos veces al acercarsele. Ahí mismo fue detenido y llevado a la Comandancia donde intentó justificar su huida alegando miedo al descubrir el cadáver de María Amparo en su hogar. Pero esas palabras sonaron huecas ante los investigadores.
Poco a poco fue desmoronándose durante los interrogatorios hasta caer en la verdad: “La maté porque estaba locamente enamorado de ella y no me correspondía”. Esa declaración sonaba más como una excusa que como una razón válida para cometer tal atrocidad. Los detectives creían firmemente que detrás del amorío había algo más sombrío; Esteban estaba explotando económicamente a María Amparo y cuando ella decidió poner fin a esa situación tóxica, él reaccionó violentamente.
Lo trágico es que este hombre nunca imaginó que sería descubierto tan rápidamente por las autoridades palmesanas. Al ser arrestado llevaba consigo pruebas incriminatorias: un billete de avión desde Ibiza y el DNI de María Amparo escondidos entre sus ropas. No era un desconocido para la violencia; ya antes había amenazado a otra mujer con un cuchillo en Santa Eulàlia.

