Hay quienes dicen que la verdadera magia se siente el 22 de diciembre, en el sorteo de la Lotería de Navidad. Pero para mí -y seguro que para muchos otros- esa chispa se enciende el último sábado de abril. Es el día de la Mallorca 312, un momento único en el que sales con tu bicicleta sin pensar en la hora a la que volverás. Aunque eso implique levantarte a las cuatro y media de la mañana, con los nervios a flor de piel.
En ese instante, antes de que salga el sol, ya hay un bullicio en casa. Café humeante, fruta por aquí y energía acumulada por allá para lo que está por venir. Fuera, las luces y el sonido rítmico de las bicicletas rompen el silencio nocturno. La adrenalina se palpa mientras todos buscamos nuestro lugar en la línea de salida, esperando a que marquen las 6:30 horas. Entonces, comienza una cuenta atrás llena de sueños e historias personales entrelazadas.
Un viaje lleno de retos
A medida que avanzamos por los primeros kilómetros, la tensión es palpable; hay quienes quieren hacerse notar desde el principio. En ese momento crucial entre Port de Pollença y Ma-10, cada uno busca su ritmo mientras empieza a amanecer tras Formentor. Por fin surge esa primera figura conocida: Óscar Pereiro nos saluda como si fuéramos viejos amigos.
Conforme llegamos a la Serra de Tramuntana, algunos comienzan a ceder; aquí no vale relajarse ni perder concentración. Las subidas son exigentes y hay que guardar fuerzas para lo que está por venir. A partir del cruce del Coll de Sa Batalla vemos cómo algunos se descuelgan; pero también llegan dorsales verdes ansiosos por avanzar más rápido.
Los avituallamientos son momentos clave donde reponemos fuerzas antes del ascenso al Puig Major; aunque ya sabemos que puede ser un punto crítico. Y así seguimos hacia Sóller y más allá; cada curva presenta nuevos desafíos y siempre existe ese riesgo latente: caer o dejarse llevar por las prisas puede costar caro.
A medida que avanzamos hacia Andratx o Lloseta encontramos gente luchando como nosotros, buscando una meta común: cruzar esa línea final en Playa de Muro antes del tiempo límite establecido. Con cada pedalada sentimos cómo nuestras piernas claudican un poco más bajo este sol abrasador pero también recibimos aliento anímico en forma de aplausos y gritos motivadores.
Finalmente llegamos al final del trayecto donde todo comenzó casi once horas atrás. Esa sensación indescriptible al cruzar la meta nos hace olvidar todas las penurias pasadas durante esta jornada épica. Y aunque quizás no fue fácil lograrlo -de hecho todo lo contrario- estar allí fue simplemente emocionante. Cada ciclista tiene su propia historia, pero todos compartimos algo esencial: la pasión por este deporte. Y si algún día te decides a participar… ¡adelante! Te prometo que valdrá mucho la pena vivirlo.

