Era un día cualquiera en agosto de 1993, esas mañanas que suelen ser el reflejo de la calma mediterránea. Pero aquel 22 de agosto, frente al cabo de ses Salines, el mar estaba a punto de convertirse en testigo de una tragedia que nadie podría imaginar. A bordo del Moisés II, un pequeño llaüt de siete metros, navegaban dos hombres muy queridos en Campos: Miguel Forteza Pomar, con sus 69 años y Gabriel Vanrell Ginard, apodado ‘Biel Paisarell’, con 77. Para ellos, el mar era más que agua; era su hogar.
Habían salido a pescar como tantas veces antes. La costa no tenía secretos para ellos y aquel día prometía ser uno más en sus vidas llenas de recuerdos marineros. Sin embargo, lo que comenzó como una jornada tranquila se tornaría en un desastre inimaginable.
El impacto que cambió todo
Mientras estos hombres faenaban, un lujoso yate francés llamado First, con sus 24 metros de eslora y al mando del ciudadano francés Antoine Eugène Faure Cabora, surcaba las mismas aguas. En cuestión de segundos, lo inevitable ocurrió: una colisión brutal que destrozó por completo el pequeño llaüt. Los tripulantes del yate pensaron inicialmente que habían golpeado algún objeto flotante hasta que se asomaron y descubrieron la devastación.
Aquella diferencia de tamaños había hecho imposible cualquier tipo de salvación para Miguel y Biel; ambos murieron instantáneamente mientras los restos del Moisés II se dispersaban por la superficie azul del Mediterráneo.
La noticia corrió como la pólvora por Campos. En pleno verano, cuando todos conocen a todos, el dolor fue colectivo; aquellos hombres eran parte del tejido social del pueblo. Lo que debería haber sido un día normal terminó siendo una herida abierta en la memoria colectiva.
La investigación judicial no tardó en activarse. El capitán del First alegó no haber visto el llaüt antes del impacto y justificó su velocidad bajo piloto automático —una declaración crucial para los análisis posteriores—. Mientras tanto, la comunidad lidiaba con su pérdida; las familias lloraban a dos hombres cuya vida había estado siempre ligada al mar.
Días después, cientos de vecinos acudieron al funeral para dar su último adiós en una ceremonia marcada por la tristeza compartida. La iglesia se quedó pequeña ante tal muestra de respeto hacia quienes habían dejado huella entre ellos.
Esa tragedia también abrió debates necesarios sobre cómo convivir entre grandes embarcaciones recreativas y tradicionales llaüts en aguas tan cercanas a casa. La realidad es dura: los pequeños barcos son vulnerables ante la velocidad desmedida de los grandes yachts que invaden nuestras costas cada verano.
A tres décadas vista, aquel fatídico encuentro sigue vivo en la memoria colectiva de Campos. La imagen clara es la misma: el mar tranquilo convirtió unas vidas plenas en recuerdos imborrables para toda una comunidad. Y aunque han pasado muchos años desde aquel trágico día, cada vez que miramos hacia el horizonte recordamos a Miguel Forteza y Biel Vanrell como parte esencial de nuestra historia.”

