Era un hombre carismático, conocido por su risa contagiosa y su manera de ver la vida. Así recordaban a José Cano Hidalgo sus compañeros del centro de beneficencia en el Puig des Bous, donde residía. En 1982, un fatídico día de marzo, su alegría se convirtió en una sombra tras ser encontrado en un callejón oscuro de s’Arenal, víctima de seis puñaladas. Pero la verdadera pregunta es: ¿qué hacía allí ese andaluz cachondo aquella noche?
Un día como cualquier otro
Aquel domingo José decidió dejar la residencia. No era raro que se marchara sin decir adónde iba; sus escapadas eran casi parte de su rutina habitual. Su destino solía ser Montuïri, donde tenía amigos con los que había trabajado durante años, o Palma, donde siempre visitaba a conocidos. Sin embargo, nadie en el centro escuchó que mencionara la calle Trasimeno.
Dos vecinas escucharon gritos esa noche y pensaron que era solo otro borracho más en la zona. Pero el silencio pronto se rompió con un hallazgo aterrador: un hombre tendido en el suelo, agonizando por las heridas que le habían causado. A pesar de que la Guardia Civil llegó rápidamente con una ambulancia para llevarlo al hospital de Son Dureta, José no sobrevivió.
El caso fue asignado al famoso Grupo Cuarto de la Jefatura de Policía. Estos investigadores comenzaron a escarbar en las últimas horas del andaluz y descubrieron que él no era violento; llevaba una navaja solo para labores menores como podar pinos jóvenes. Pero aquella noche estaba claro que alguien le había tendido una trampa mortal.
A medida que avanzaban las indagaciones, se hizo evidente lo complicado del caso: ¿qué hacía José tan lejos de su hogar? Era como si lo hubieran atraído a ese rincón oscuro y alejado del bullicio habitual.
La inquietante noticia llegó hasta su hija al día siguiente: “¡Han matado a mi padre!”. Desde aquel momento, el misterio envolvió la vida y muerte de José Cano. Cuarenta y tres años después seguimos preguntándonos qué pasó realmente aquella noche fatídica: ¿con quién se encontró antes de perder la vida? El silencio sigue siendo ensordecedor.