La noche del 12 de enero, justo un mes atrás, Cala Bona se convirtió en el escenario de un episodio que sacudió a sus vecinos. Mientras el Real Madrid y el Barcelona disputaban la Supercopa de España, los residentes del apartahotel Sol y Mar se vieron atrapados en una historia que nadie vio venir. Aquel invierno no era uno cualquiera; las alarmas comenzaron a sonar al detectar un grupo de personas dentro del hotel, lo que llevó a la intervención inmediata de la Policía Local y la Guardia Civil.
Un caos imprevisto
Lo curioso es que esta concentración incluía mujeres y niños, quienes afirmaron que habían estado ocupando las habitaciones durante semanas con un contrato verbal en mano. La versión oficial hablaba de okupas desesperados por acceder a un lugar donde creían tener derecho. Pero pronto, este asunto saltó a los medios nacionales como pólvora seca.
Aquí empezó lo interesante: cuatro okupas decidieron resistir en su nueva morada, desafiando al administrador Miquel Deyà e incluso amenazando con violencia. Mientras tanto, los trabajadores luchaban contra el reloj para reparar los daños ya causados; puertas forzadas, cristales rotos… una verdadera locura. Al mismo tiempo, desde fuera se organizaba un flujo constante de suministros para los ‘resistentes’, alimentando aún más las dudas sobre cómo había comenzado todo esto.
Poco a poco emergieron las preguntas críticas: ¿quién estaba detrás de esta okupación? Los administradores denunciaron cifras astronómicas relacionadas con presuntos pagos atrasados a propietarios reales del hotel, mientras que surgían rumores sobre posibles estafas familiares. Pero aquí no terminaba la historia; algunos testigos aseguraban que solo había cinco o seis okupas dentro del establecimiento en vez de los 30 o 40 que ellos mismos afirmaban tener.
Días después de ese caótico inicio, uno a uno fueron saliendo tras firmar compromisos vacíos con Deyà; entre ellos había un chico diabético musulmán y otros dos con historias similares pero vagamente definidas. ¿Todo por entre 800 y 1.000 euros? La confusión seguía creciendo.
A medida que pasaban las semanas y tras múltiples intervenciones policiales para calmar la situación, Cala Bona recuperaba su rutina habitual. Los operarios estaban trabajando arduamente para devolver al Sol y Mar su antigua gloria mientras los vecinos respiraban tranquilos sin extrañas compañías alrededor de sus hogares.
No obstante, aunque ahora parezca todo normalizado, hay una sensación persistente entre los locales: ¿quedarán alguna vez claras todas esas incógnitas?