La noche del 28 de mayo, algo salió mal en la plataforma de lanzamiento de Blue Origin en Cabo Cañaveral. Un espectacular estallido iluminó el cielo cuando el cohete New Glenn, tras una prueba de encendido estático, fue víctima de lo que ellos llaman una «anomalía». En un instante, lo que debería haber sido un paso más hacia la conquista lunar se transformó en una impresionante bola de fuego.
La empresa no tardó en asegurar que «todo el personal se encuentra a salvo», pero eso no quita el impacto que ha tenido este revés para Jeff Bezos y su ambiciosa carrera espacial. Mientras muchos miraban con asombro las llamas, Bezos reflexionaba sobre el duro camino que queda por recorrer. «Es demasiado pronto para saber qué pasó», admitió en su cuenta de X, mientras prometía reconstruir lo necesario y volver a volar porque «vale la pena».
Un golpe para la industria espacial
Por si esto fuera poco, Jared Isaacman, director de la NASA, también hizo eco del incidente: «los vuelos espaciales no perdonan». La dificultad para desarrollar un nuevo lanzador es monumental y él lo sabe bien. A pesar de las adversidades, se mostró dispuesto a colaborar con otros actores del sector para esclarecer lo sucedido y continuar con los planes futuros.
Este accidente no solo pone en jaque a Blue Origin; sus repercusiones podrían afectar a toda la industria espacial. El New Glenn es fundamental para los planes comerciales de lanzamientos y podría retrasar misiones importantes como el transporte de satélites vinculados a Amazon. Y como si esto fuera poco, hace poco enfrentaron otro tropiezo cuando un fallo desvió un satélite fuera de su órbita adecuada.
Aunque la investigación apenas comienza y los daños en la plataforma LC-36 son significativos—la única operativa para los lanzamientos del New Glenn—el futuro inmediato parece incierto. Con misiones programadas que dependen de este cohete y un calendario ya comprometido por este contratiempo, solo queda esperar cómo reaccionará Blue Origin ante este nuevo desafío.

