En diciembre del año pasado, Australia se lanzó a la piscina con una ley que prohíbe el acceso a las redes sociales a menores de 16 años. Una medida que ha generado tanto expectativas como escepticismo. Tras dos meses de su implementación, las voces expertas comienzan a cuestionar si esta normativa realmente sirve para algo.
Un primer paso en un camino incierto
La ley, pionera en el mundo, busca proteger la salud mental y seguridad de nuestros niños y adolescentes al exigir a plataformas como Facebook, Instagram y TikTok que demuestren haber tomado «medidas razonables» para verificar la edad de sus usuarios. Hasta ahora, más de cuatro millones de cuentas han sido eliminadas por estar asociadas a menores. Un número impresionante, pero ¿realmente estamos seguros de que esto sea suficiente?
A pesar del impacto inicial, muchos expertos advierten que los menores podrían seguir burlando estas restricciones. Con el uso de VPNs o cuentas falsas, la realidad es que no hay un sistema infalible. Además, aplicaciones como WhatsApp quedan fuera del veto, convirtiéndose en un refugio seguro para aquellos que buscan evadir las normativas.
Y aunque Australia se erige como pionero en este ámbito, también enfrenta sus propios desafíos. Nuevas regulaciones están por venir el 9 de marzo; normas más estrictas sobre contenido sensible como pornografía y violencia empezarán a aplicarse también en juegos online.
Mientras tanto, España ya sigue los pasos australianos. Pedro Sánchez ha anunciado planes similares para regular las redes sociales entre los más jóvenes. Pero antes de implementar medidas drásticas, necesitamos entender cómo se puede proteger eficazmente a nuestros niños sin caer en ilusiones vacías.
Así que nos queda preguntarnos: ¿realmente estamos haciendo lo correcto? La respuesta puede ser más compleja de lo que parece.

