Este mayo, las Baleares han alcanzado una cifra que nos deja sin aliento: 1,86 millones de personas han pisado nuestras islas, batiendo un nuevo récord de presión humana. A medida que el turismo se dispara, muchos comienzan a preguntarse hasta dónde podemos llegar antes de que nuestras bellas playas y paisajes se conviertan en un monocultivo turístico.
La otra cara del turismo masivo
Mientras algunos celebran esta afluencia de visitantes como un logro, otros no pueden evitar sentir tristeza. El conseller de Turisme, por ejemplo, parece más interesado en navegar en cruceros lujosos que en escuchar las preocupaciones del pueblo. ¿Acaso no ve la masificación que afecta a nuestra mar balear?
No solo eso. Detrás de esta explosión turística hay historias desgarradoras: tragedias migratorias que han dejado al menos 19 muertos y decenas de desaparecidos. Y mientras tanto, los residentes luchan por recuperar espacios públicos como la cala d’Illetes, amenazada por un hotel que se ha apropiado de ella.
Tomeu Penya lo expresa con palabras cargadas de emoción: “Estoy muy triste. Nunca hubiera imaginado que el futuro de Mallorca sería así”. En este contexto complicado, muchas voces empiezan a levantar la mano para reclamar un cambio real y urgente antes de que sea demasiado tarde.

