El cierre de la iglesia de Sant Felip en Porreres ha dejado a muchos feligreses sintiéndose abandonados. En un rincón donde la fe y la tradición han estado arraigadas por generaciones, hoy resuena una profunda sensación de desamparo. «Nos sentimos desemparats», dice con tristeza uno de los asistentes que cada domingo encontraba consuelo en este lugar sagrado. No solo se trata de ladrillos y tejados; aquí, cada misa era un refugio.
Una pérdida que va más allá del edificio
El adiós a esta emblemática iglesia no es solo un golpe para los fieles, sino también para toda la comunidad que había hecho de este espacio un punto de encuentro. La fe une, sí, pero también lo hace el sentido de pertenencia a algo más grande. Ahora, ante el silencio que deja este cierre, surge una pregunta: ¿qué será del alma colectiva sin su hogar? Para muchos, la respuesta es dolorosa: se sienten perdidos. Este no es solo un cierre; es como si les quitaran parte de su historia.

