En una mañana que prometía ser tranquila, la Feixina se convirtió en un lienzo de protestas. Mientras el sol brillaba, las paredes comenzaron a llenarse de pintadas antifeixistes, un grito claro y directo contra la concentración ultra que estaba por llegar a Palma. No se trata solo de pintura; son palabras que resuenan con fuerza en una comunidad cansada de ver cómo se intenta normalizar el odio.
Un barrio que no se rinde
Aquí, en este rincón del mundo donde los turistas apenas ponen un pie, los vecinos han decidido alzar la voz. “No queremos que nuestra ciudad se convierta en un monocultivo turístico”, decía uno de los activistas mientras aplicaba spray sobre una pared. Y es que no es solo el turismo lo que está en juego, sino también nuestro derecho a vivir sin miedo.
Las entidades migrantes también están alzando su voz, enfrentándose a decisiones políticas que parecen ignorar su existencia. “Nos quieren para trabajar pero no para tener derechos”, denunciaban con firmeza. En medio de tanta incertidumbre, hay quienes siguen luchando por la dignidad y el respeto.
No podemos cerrar los ojos ante esta realidad; debemos reflexionar sobre hacia dónde estamos dirigiendo nuestras comunidades. Si seguimos ignorando lo evidente, ¿qué legado dejaremos para las futuras generaciones? La Feixina no es solo un barrio; es un símbolo de resistencia y lucha.

