En una mañana que prometía ser tranquila, un centenar de personas se reunieron en Palma para alzar sus voces y exigir el fin de lo que muchos consideran un verdadero ‘genocidio’ en Gaza. Con pancartas llenas de mensajes contundentes y un fervor palpable, los asistentes no solo gritaban por la justicia, sino que también compartían historias personales que resonaban con todos los presentes.
La unión hace la fuerza
Entre cánticos y lágrimas, el ambiente se cargaba de emociones intensas. «No podemos quedarnos callados mientras nuestros hermanos sufren», decía uno de los manifestantes, con la mirada fija y decidida. La comunidad palmesana estaba allí, recordando que detrás de cada cifra hay una vida, un sueño truncado y familias desgarradas por el conflicto.
Las palabras resonaban con fuerza: no es solo política, es humanidad. Esta multitud no vino solo a protestar; vino a dar voz a quienes han sido silenciados. La solidaridad se palpaba en el aire, y cada grito era un eco del dolor ajeno, una llamada a despertar conciencias adormecidas ante la brutalidad del mundo.