Palma

La desesperación de los vecinos de Saridakis: un grito que resuena en Palma

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En la calle Saridakis de Palma, el tiempo parece haberse detenido. Pamela Harrison, con 74 años y una voz que transmite la angustia de muchos, se alza para pedir ayuda. «Llevamos seis meses así y nadie hace nada», dice, mientras el cansancio y la indignación se apoderan del ambiente. Los residentes sienten que han sido olvidados, sin acceso a un servicio de autobús que les permita moverse con libertad.

Una situación insostenible

El puente que conecta Marivent con Bonanova ha restringido el paso a vehículos pesados, dejando a una parte del barrio incomunicada. Esto es un verdadero calvario para quienes dependen del transporte público. El marido de Pamela, de 80 años y con artrosis, enfrenta diariamente el reto de recorrer cuestas pronunciadas solo para llegar a las paradas donde aún hay autobuses.

«No es solo mi caso», añade Pamela. «Hay ancianos con andadores, personas en sillas de ruedas, mujeres embarazadas… ¡No podemos seguir así!» La realidad es dura: cualquier simple desplazamiento cotidiano se ha convertido en una odisea.

Uno de los puntos más frustrantes es la promesa incumplida de un autobús lanzadera que aliviaría esta crisis. «Nos dijeron que lo pondrían en marcha cuando cerraron el puente. Pero aquí seguimos esperando», lamenta. La falta de información por parte de las autoridades sólo alimenta su incertidumbre y rabia.

Mientras tanto, Yuli, otra vecina que llega exhausta tras subir la cuesta con su niño pequeño, expresa su desesperación: «Cada salida implica un esfuerzo titánico». Su testimonio es solo uno entre muchos; la situación afecta especialmente a los mayores, quienes necesitan el autobús para ir al médico o hacer sus compras diarias.

A día de hoy, el puente Joan de Saridakis sigue cerrado al tráfico pesado debido a problemas estructurales. Pero ¿por qué solo afectan estas restricciones al transporte público? Los residentes observan cómo pasan grandes autobuses privados sin ninguna limitación y eso genera aún más frustración.

Con lágrimas en los ojos y una determinación palpable, Pamela concluye: «No pedimos nada extraordinario; solo queremos recuperar un servicio básico que hemos pagado como cualquier ciudadano». Y así continúa este grito silencioso desde Saridakis: un llamado urgente a no ser ignorados más tiempo.

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