En el corazón de Son Gual I, un lugar que muchos podrían considerar tranquilo, la realidad es bien distinta. Los residentes, cansados y preocupados, aseguran que la okupación no es algo nuevo; más bien, es una sombra que acecha su comunidad desde hace tiempo. La ubicación, cerca de la autovía de Manacor y del famoso ‘pirulí’, parece idílica a simple vista, pero oculta un problema latente que ya ha llevado a muchos a tomar medidas extremas.
A medida que caminamos por sus calles, las señales son evidentes. Las aceras están desgastadas y las farolas apenas iluminan el camino. La presencia de okupas en algunas viviendas se ha vuelto alarmante. Un vecino narra cómo han tenido que actuar en varias ocasiones: «Hemos parado más de un intento. En una ocasión, incluso intentaron entrar dos veces en pocas horas», relata con frustración.
Una comunidad en alerta
Los vehículos abandonados y la degradación visual cuentan historias tristes sobre el lugar. Y allí está esa piscina vacía, sucia y olvidada; un reflejo claro del abandono generalizado. Mientras tanto, los perros se han convertido en los vigías de esta zona rodeada de vegetación espesa.
El temor no solo radica en la okupación; hay una sensación palpable de inseguridad entre los habitantes. «A veces llamamos a la Policía y ni aparecen», se queja otro vecino con indignación. Lo peor es saber que no están solos en esta batalla: otros barrios enfrentan problemas similares.
A pesar del desánimo, estos vecinos no se rinden. Siguen luchando por su hogar y su tranquilidad cada día, conscientes de que deben mantener la guardia alta ante un desafío al que aún no han encontrado solución definitiva.

