En la calidez de un lunes cualquiera, Donald Trump se sentó frente a los micrófonos y dejó caer una bomba. El expresidente estadounidense, siempre en el centro del huracán, aseguró que no se decantó por ningún candidato en la reciente segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Brasil. Sin embargo, al mirar con desconfianza lo sucedido, no pudo evitar lanzar serias acusaciones de fraude electoral.
¿Y qué pasó realmente? Luiz Inácio Lula da Silva, un referente de la izquierda brasileña, logró arrebatarle el trono al polémico Flávio Bolsonaro, figura emblemática de la extrema derecha. Pero para Trump, todo esto tiene un trasfondo oscuro. Durante una rueda de prensa, afirmó: “No tomé partido, pero parece que es otro fraude electoral”. Un mensaje claro que ha dejado a muchos rascándose la cabeza.
Las sombras del proceso electoral
Aunque no apoyó públicamente a Bolsonaro esta vez –quien ya había sido recibido por él en la Casa Blanca hace unos meses– su crítica se centró en la extraña prórroga que otorgaron las autoridades brasileñas para cerrar los colegios electorales. “La forma en que se hizo la tabulación… ¡vaya tela!”, exclamó Trump. ¿Por qué ese aplazamiento? Aparentemente fue por problemas de transporte público en varias ciudades; algo que él considera sospechoso.
Es curioso pensar que a pesar de sus críticas hacia Lula –a quien también describió como alguien con quien “se lleva muy bien”– el expresidente expresó su inquietud sobre cómo estas elecciones dejan una imagen fatal ante el mundo. En palabras de Trump: “Las elecciones tienen que ser indiscutibles y me parece que tiene muy mala pinta”.
Parece que el eco de estas palabras resonará más allá del Atlántico. En un mundo donde las divisiones políticas están más marcadas que nunca, lo único seguro es que las controversias seguirán apilándose como piezas de dominó dispuestas a caer.

