El pasado sábado, el Programa Mundial de Alimentos de Naciones Unidas (PMA) lanzó un grito de alarma desde Madrid. En Kordofán del Sur, un conductor perdió la vida en un ataque aéreo dirigido contra un convoy humanitario que se dirigía hacia Kadugli. Esta no es solo otra noticia más; es el reflejo desgarrador de la violencia que ha asolado Sudán durante tres largos años, donde el conflicto entre el Ejército y los paramilitares se lleva por delante a personas inocentes.
Un ataque inaceptable
En su comunicado, el PMA dejó claro que los camiones estaban «claramente señalizados como vehículos humanitarios». Sin embargo, eso no impidió que se convirtieran en objetivo. Mientras las noticias sobre este brutal incidente seguían llegando, la organización demandaba una investigación urgente e imparcial para que los responsables rindan cuentas por esta violación a la humanidad.
Lo más inquietante es que este ataque ocurrió apenas un día después de otro incidente similar en Dilling, donde otro camión del PMA fue alcanzado por un artefacto explosivo justo después de entregar asistencia alimentaria vital. Es realmente desolador ver cómo, en medio del sufrimiento y la necesidad, las fuerzas armadas continúan atacando a quienes intentan ayudar.
Por ahora, tanto el Ejército sudanés como las Fuerzas de Apoyo Rápido guardan silencio sobre lo ocurrido. Como suele pasar en estos conflictos, ambos bandos tienden a acusarse mutuamente cuando los ataques afectan a civiles o a trabajadores humanitarios. Pero mientras ellos discuten quién tiene la culpa, hay vidas perdidas y familias destrozadas esperando respuestas.

