MADRID, 30 Ago. (EUROPA PRESS) – La situación en la República Democrática del Congo es alarmante. Desde mediados de mayo, el brote de ébola se ha convertido en el más letal que este país haya enfrentado jamás, con más de 2.862 muertos y cerca de 5.945 casos confirmados. Y lo peor es que los números siguen creciendo día a día, como un mal sueño del que no podemos despertar.
La última actualización nos deja sin aliento: hay ya 60 zonas sanitarias bajo emergencia debido a la rápida propagación del virus, incluyendo Biena y Manguredjipa en Kivu Norte, donde la letalidad ha alcanzado un preocupante 48,1%.
Un contexto bélico y devastador
No olvidemos que este brote tiene su epicentro en Ituri, una provincia marcada por el terror de grupos armados como las Fuerzas Democráticas Aliadas, vinculadas al Estado Islámico. Las atrocidades diarias provocan éxodos masivos; familias enteras huyen dejando atrás todo lo que conocen. Esto complica aún más el seguimiento del ébola y crea un caldo de cultivo para una catástrofe humanitaria.
A esto se suma la violencia que afecta incluso a los trabajadores sanitarios, quienes también son blanco de ataques brutales. Según la ONU, han habido alrededor de 260 ataques, resultando en la muerte de al menos ocho profesionales médicos; además, otros 43 han sido víctimas del virus mismo.
En medio de esta desesperante situación, RDC ha recibido una remesa inicial de vacunas Ervebo, aunque su eficacia frente a esta cepa específica sigue siendo dudosa. El director general de la OMS ha prometido otras 70.000 dosis para ensayos adicionales; esperemos que traigan algo de alivio a una población sumida en el miedo.

