La reciente firma del acuerdo marco entre Líbano e Israel no ha traído la paz que muchos esperaban. Aunque Beirut ha logrado que el país vecino retroceda en «dos zonas piloto», el futuro de esta retirada sigue siendo incierto y, sobre todo, condicionado al desarme de Hezbolá. Esto suena más a un tira y afloja que a un verdadero avance.
A pesar de que el texto final habla de un «proceso recíproco y gradual» donde se espera que el Ejército libanés recupere la soberanía total sobre su territorio, la realidad es muy distinta. El desarme de Hezbolá se presenta como una montaña imposible de escalar, ya que la milicia ha dejado claro en múltiples ocasiones que no está dispuesta a desarmarse basándose en estos acuerdos.
¿Qué significa esto para los libaneses?
Las llamadas «zonas piloto» son solo una parte del rompecabezas. Se han acordado dos áreas iniciales donde Israel podría retirarse, pero estas pertenecen a las regiones más recientemente ocupadas y no incluyen puntos estratégicos como la fortaleza cruzada de Beaufort, aún bajo control israelí desde finales de mayo. Así las cosas, parece más un gesto simbólico que una verdadera solución.
Pese a todo, Líbano se compromete a restablecer su monopolio estatal del uso de la fuerza mediante un programa riguroso para fortalecer sus Fuerzas Armadas. Por otro lado, Israel asegura no tener ambiciones territoriales en Líbano, aunque deja claro su derecho a defenderse ante cualquier ataque nuevo por parte de Hezbolá.
Y mientras ambas naciones tratan de coordinar esfuerzos con el apoyo estadounidense para garantizar este acuerdo, uno no puede evitar preguntarse: ¿realmente están trabajando por un futuro pacífico o simplemente están tratando de ganar tiempo? La historia reciente nos dice que esta incertidumbre puede ser tan peligrosa como la guerra misma.

