La Paz, la vibrante capital de Bolivia, comienza a respirar un aire nuevo tras semanas de tensión y bloqueos. Este sábado, las fuerzas de seguridad han puesto en marcha un proceso de desmantelamiento que promete devolver la normalidad a las calles. Después de 51 días de protestas, el estado de excepción ha permitido que las Fuerzas Armadas se sumen a la labor policial para desbloquear carreteras y restablecer el tráfico.
Una lucha por el futuro
A lo largo del día, la Administradora Boliviana de Carreteras ha informado que, aunque al inicio había 40 bloqueos activos, este número ha ido disminuyendo hasta los 34 por la tarde. En La Paz y su vecina El Alto, los mercados comienzan a abrir sus puertas nuevamente y la vida se siente un poco más ligera con cada coche que pasa. Las cuadrillas municipales también han hecho su parte; durante la noche vaciaron los contenedores de basura que llevaban días llenos, una señal clara de que todo empieza a retomar su curso.
En Cochabamba, las máquinas pesadas ya están trabajando para despejar rutas estratégicas en lugares como Parotani y Epizana. Mientras tanto, el ministro Marco Antonio Oviedo asegura que hay un palpable «alivio» entre la ciudadanía ante estas acciones decisivas. Pero no solo eso; Oruro se encuentra también en el punto de mira mientras la Policía avanza sin incidentes hacia allí.
Y es que todo apunta a Chapare como el próximo objetivo para las fuerzas del orden. El ministro Mauricio Zamora no tiene reparo en señalar al expresidente Evo Morales como uno de los responsables detrás del caos actual. “Aquí hay gente buena”, comenta Zamora sobre Chapare, “pero necesitamos sacar esa manzana podrida”. Sin duda, es un tema espinoso: Morales enfrenta graves acusaciones y una orden de aprehensión por presuntos delitos relacionados con menores cuando era presidente.
A medida que los bloqueos se levantan gracias al decreto aprobado por el presidente Rodrigo Paz —un decreto cuya aprobación definitiva debe pasar por la Asamblea Legislativa Plurinacional— queda claro que este capítulo aún no ha cerrado. Los manifestantes clamaban por cambios significativos y ahora observan cómo se desarrollan los acontecimientos con atención. La pregunta persiste: ¿será este el primer paso hacia una verdadera reconciliación?

