La reciente asamblea de la Central Obrera Boliviana, celebrada en La Paz, ha dejado claro que los trabajadores no están dispuestos a tirar la toalla. Con un ambiente tenso pero decidido, acordaron seguir con los bloqueos que han mantenido aislada la capital durante más de un mes. «No hay marcha atrás», decía José Luis Álvarez, responsable del Magisterio Urbano, dejando entrever el malestar palpable hacia el presidente Rodrigo Paz y su Gobierno.
Una comunidad unida en la protesta
Los delegados han sido contundentes: nada de sentarse a dialogar mientras la situación siga siendo insostenible. «Se ha decidido mantener las medidas de presión; hasta ahora no hay posibilidad de llegar a acuerdos», afirmaba Álvarez ante los medios. La frustración crece entre los trabajadores, quienes sienten que sus voces son ignoradas y que el Gobierno prefiere el control antes que buscar soluciones consensuadas.
Severo Marca, dirigente de la Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia (CSUTCB), también dejó claro que esta decisión debe ser respetada por todos. «Nosotros solo representamos a nuestros hermanos de base», enfatizaba mientras recordaba la importancia de escuchar a quienes realmente sufren las consecuencias del conflicto.
A pesar del descontento generalizado, también hubo una luz en medio del caos: se habilitarán corredores humanitarios para permitir el paso de medicamentos y alimentos esenciales. Jaime Solares destacó este punto como una acción necesaria en tiempos críticos.
Mientras tanto, la Vicepresidencia anunció la suspensión de la mesa de diálogo debido a la falta de participación activa por parte de las organizaciones convocantes. Un escenario complicado que refleja cómo las promesas gubernamentales siguen quedando en palabras vacías frente a las urgentes demandas del pueblo boliviano.

