Era un caluroso verano de 1873 cuando un labrador llamado Antonete Gálvez se convirtió en el protagonista de una historia que resonaría a lo largo de los años. En ese tiempo, proclamó a Cartagena como un Estado independiente, desafiando al Gobierno de la I República. Y no estuvo solo; ciudades como Valencia, Sevilla, Cádiz, Málaga y Alicante se unieron a su sueño revolucionario. Pero, claro, esa utopía solo duró seis meses.
Un hombre decidido ante la injusticia
A veces parece que la historia se repite. ¿Qué hubiera aprendido Carles Puigdemont de lo que hizo Antonete? Durante ocho segundos proclamó la independencia de Cataluña en 2017, pero lo cierto es que lo que logró este murciano fue mucho más ambicioso hace más de un siglo. Nacido el 29 de junio de 1819 en Torreagüera, Antonete ya había vivido el exilio por su oposición a las quintas militares que tanto perjudicaban a las clases más humildes. Su camino hacia la política comenzó ahí: fue concejal y participó en la Revolución Gloriosa de 1868 que desterró a Isabel II.
Después vinieron los fracasos y huídas. Tras un levantamiento fallido en 1869 tuvo que escapar a Argelia donde sobrevivió contrabandeando tabaco hasta regresar gracias a una amnistía en 1870. Su llegada fue todo un evento: ¡más de 3.000 personas fueron a darle la bienvenida!
Duro como él solo, dos años después volvió a levantarse contra otra quinta colonial y nuevamente se vio obligado a esconderse hasta que Amadeo I abdicó y llegó la primera república en febrero del ’73. Con una amnistía bajo el brazo, volvió convertido en héroe popular.
Poco tiempo pasó antes de que surgieran tensiones entre republicanos moderados e intransigentes. El Cantón Murciano fue proclamado el 12 de julio, seguido por otras ciudades como Valencia o Sevilla. Se hablaba incluso de Jumilla como nación independiente: «Si Murcia intenta invadirnos, no quedará piedra sobre piedra».
Pensar ser ministro durante esos días era estar al borde del colapso total: ¡menuda locura! Sin embargo, esa locura duró poco; para agosto ya solo resistía Cartagena tras sufrir asedios brutales hasta enero del ’74.
A medida que los bombardeos devastaban la ciudad, Antonete decidió huir nuevamente hacia Orán montado en la fragata blindada Numancia mientras era perseguido por buques gubernamentales sin éxito alguno.
Años después volvió como leyenda y continuó siendo figura clave para cualquier movimiento rebelde hasta su muerte el 28 de diciembre de 1898. No hubo paz para él ni siquiera después; su entierro fue prohibido por la Iglesia.
Así fue aquel verano ardiente donde Antonete Gálvez dejó huella y nos recordó cómo luchar por nuestros sueños puede convertirse en una lucha épica.

