Era el verano de 2014, un sol implacable brillaba sobre la infinity pool del Hotel Lopesan Costa Meloneras en Maspalomas. Un grupo de periodistas, políticos y artistas se agolpaba esperando a que dos grandes leyendas de Hollywood, Shirley MacLaine y Jessica Lange, hicieran su entrada. Con una mezcla de emoción y expectativa, todos esperaban escuchar las novedades sobre el rodaje de Wild Oats, una comedia que prometía ser todo un espectáculo.
Aventuras tras la cámara
Finalmente, Shirley apareció sola y con una sonrisa pícara. “Todo es culpa de la caipiriña”, soltó ante las cámaras, refiriéndose al trago que había acompañado sus largas jornadas. Jessica Lange estaba ausente, pero según MacLaine, “creo que está en la sauna con Demi Moore”. A sus 80 años recién cumplidos, Shirley había llegado a la isla para interpretar a una mujer que se convierte en fugitiva tras cobrar erróneamente un cheque millonario.
Aunque Canarias ya se estaba convirtiendo en un destino atractivo para grandes producciones gracias a incentivos fiscales, el rodaje no fue nada fácil. La historia detrás del guion pasó por tantas reescrituras que parecía más bien una travesía llena de tropiezos que una comedia brillante. Desde Las Vegas hasta Gran Canaria, el proyecto acumuló complicaciones financieras hasta que el equipo se dio cuenta de que muchos estaban poniendo su propio dinero para cubrir los gastos diarios.
“Muchos nos gastamos nuestro propio dinero porque había un horario que cumplir dentro de esa situación amateur e injusta”, confesó MacLaine. A pesar del caos constante y los problemas económicos, ambas actrices encontraron refugio en esos momentos compartidos al final del día. En el bar del hotel, después de las agotadoras jornadas bajo el sol canario, “la caipiriña hacía que todo fuera mejor”, recuerda MacLaine entre risas.
No solo lograron formar un vínculo inquebrantable entre ellas; también decidieron renunciar a sus salarios como inversión en la película. Finalmente estrenada en 2016 casi como un milagro, Wild Oats representó uno de los retos más difíciles para MacLaine. Aunque no vio ni un dólar por su trabajo, ganó algo invaluable: una amistad sincera y unas memorias llenas de anécdotas inolvidables.

