Era una noche mágica en Madrid. El Último de la Fila, esa banda que marcó a toda una generación, volvió al escenario del Metropolitano después de tres largas décadas. Y no lo hizo solo para tocar, sino para reencontrarse con un público que siempre los había llevado en el corazón. Manolo García y Quimi Portet, esos dos gigantes del pop español, sabían que esta cita era más que un concierto; era un verdadero regreso a casa.
Un Viaje a la Nostalgia
Aquella decisión en 1998 de separar caminos por razones de “higiene artística” dejó a muchos con ganas de más. Pero tras once discos para Portet y diez para García, el sueño se hizo realidad hace un año cuando anunciaron su gira de reunión. Las entradas volaron en cuestión de semanas, porque todos queríamos vivir este reencuentro tan esperado.
Apenas ocho minutos después de lo previsto, el telón se levantó y comenzó la fiesta. El público aún estaba acomodándose cuando sonaron los primeros acordes de Huesos y Conflicto armado, temas que resonaban como viejos amigos. Después llegaron clásicos como Querida Milagros y Mi patria en mis zapatos. Sin duda, fue un viaje al pasado donde cada nota evocaba recuerdos y emociones profundas.
No solo eran ellos sobre el escenario; los músicos originales estaban allí, fieles a su legado. Antonio Fidel al bajo, Josep Lluis Pérez a la guitarra eléctrica… hasta Sara García, hija de Manolo, se sumó para darle ese toque especial a la noche. La conexión con el público era palpable; todo el mundo estaba ahí para disfrutar sin distracciones.
Cada canción era recibida con gritos y palmas; era imposible no dejarse llevar por la energía del momento. Manolo García bromeaba sobre su propia historia: “Cuando tocábamos con Los Burros nadie venía”, decía entre risas mientras miraba cómo miles disfrutaban ahora cada acorde como si fuera un regalo esperado durante años.
La pausa llegó alrededor de las 22:20; aunque enfrió ligeramente el ambiente, todos comprendimos que sus cuerpos también necesitaban un respiro después de tanto movimiento sobre las tablas. Las pantallas mostraron momentos icónicos de su carrera mientras esperábamos ansiosos su regreso.
Y así volvieron con temas como Ya no danzo al son de los tambores, donde dejaron brillar su virtuosismo musical antes del cierre monumental con Insurrección. La gente cantaba incluso antes de que Manolo abriera la boca; ese tipo de magia solo sucede cuando hay amor verdadero por lo que haces.
Aunque parecía que todo llegaba a su fin, nadie quería irse. En un gesto generoso hacia sus fans, ofrecieron como bis El Rey, pero aún así seguían pidiendo más música. La complicidad entre banda y público era evidente: “A dormir”, dijo Manolo entre risas al recordar cómo todos querrían quedarse hasta el lunes si fuese posible.

