A medida que se acerca la final de la 70ª edición de Eurovisión, la pregunta en el aire es: ¿qué sucedería si Israel se lleva el Micrófono de Cristal? La tensión es palpable, y no solo por las actuaciones musicales. Noam Bettan ha logrado clasificar a su país para esta gran cita, pero su victoria podría desencadenar una tormenta política sin precedentes. Con un 7% de probabilidades según las apuestas, Israel se posiciona como uno de los favoritos, justo detrás de Finlandia, Australia y Grecia.
Un festival manchado por la política
Lo que muchos no pueden ignorar es que este anhelo por la victoria llega en medio de un contexto complicado: mientras Israel busca brillar en el escenario europeo, el mundo observa las atrocidades que ocurren en Gaza. Desde 2023, la televisión pública israelí ha utilizado Eurovisión como plataforma para difundir su narrativa a través de canciones claramente partidistas. Esto convierte cualquier posible triunfo en un acto político más que artístico.
A estas alturas, es innegable que muchos votantes ya no están buscando al mejor artista; están tratando de impedir que Israel gane. Esta dinámica transforma lo que debería ser una celebración musical en una batalla geopolítica. España, tras su salida del festival, pone aún más presión sobre la situación. Los expertos coinciden: si Israel triunfa, sería uno de los episodios más vergonzosos en la historia del concurso.
No obstante, hay quienes creen que esa posibilidad es remota. Odi O’Malley sostiene que a Israel no le conviene ganar ahora mismo; quedarían atrapados entre el deseo de mantener una buena imagen y las repercusiones negativas de dicho triunfo.
Por otro lado, mientras las reproducciones y el interés por el evento caen drásticamente (un 45% menos desde hace tres años), surge otra incógnita: ¿cómo reaccionarán otros países si Israel se corona campeón? Las preguntas quedan flotando: ¿quién querría financiar una edición organizada por Netanyahu? Este año podría ser decisivo para determinar si Eurovisión sigue siendo un evento familiar o termina convirtiéndose en un campo de batalla ideológico.

