Màrius Serra, un nombre que resuena en el mundo de las letras, no se corta al afirmar que «la ignorancia cotiza al alza, lo que dice muy poco sobre nuestra sociedad». Con una sonrisa irónica y un estilo provocador, este escritor catalán nos invita a reflexionar sobre la relación entre conocimiento y cultura.
Mientras charlamos, menciona desde los versos de Antonia Font hasta las complejidades de Camus. ¿Es jugar con las palabras literatura o viceversa? Para él, escribir es un arte donde cada palabra cuenta, aunque a veces corremos el riesgo de caer en la complacencia. “El juego y el fuego”, como diría Carles Riba, son conceptos que abarcan toda la historia literaria; palabras buscando conectar con la esencia del alma humana.
El azar como hilo conductor
A medida que profundizamos en su novela *El mal entès*, Serra destaca cómo el azar juega un papel crucial en nuestras vidas. “El azar es omnipresente”, dice. Este concepto no solo afecta a los personajes de su obra, sino también a nosotros como seres humanos. Nos recuerda que somos frágiles y que nada está completamente bajo nuestro control. “La vida es una enfermedad mortal de transmisión sexual”, bromea con una verdad cruda.
A través de sus historias, el autor revela cómo tanto el bien como el mal son dos caras de la misma moneda. El mal atrae nuestra atención más fácilmente; sin embargo, ¿y si dedicáramos más tiempo a entender lo bueno? Tal vez sería un cambio necesario para una sociedad atrapada en dualismos extremos.
“Hoy parece más prestigioso conocer literatura que ciencia”, reflexiona Serra. En tiempos donde lo superficial abunda, ignorar conceptos científicos puede parecer trivial mientras no citar a Shakespeare te hace ver menos inteligente. Esta inclinación hacia la falta de conocimiento trae consigo problemas serios: fanatismo y totalitarismo se alimentan del desinterés cultural.
A pesar de todo esto, Serra aboga por una cultura inclusiva: “No polaricemos entre ciencias y letras”. Al final del día, lo que realmente importa es mantener viva la curiosidad y reconocer el valor fundamental de los traductores literarios; sin ellos sería imposible disfrutar muchas obras maestras del pasado y presente.

