Este domingo, el cine argentino se viste de luto. A los 82 años, nos deja Adolfo Aristarain, un director y guionista que marcó una época dorada en la cinematografía de nuestro país. Desde Madrid llegó la triste noticia, mientras el sector enfrenta una crisis profunda. Aristarain fue artífice de joyas como Tiempo de revancha y Últimos días de la víctima, películas que reflejaron con valentía los oscuros años de dictadura y el terror que se respiraba en las calles.
Una carrera llena de pasión y coraje
A pesar de no haber estrenado nada desde Roma en 2004, su legado permanece vivo entre nosotros. “Nuestro lugar en el mundo no es un lugar, es un sentimiento”, dice uno de sus personajes en Un lugar en el mundo. Y qué verdad tan profunda; él tuvo al menos dos: su amada Argentina y España, país al que se trasladó y donde obtuvo nacionalidad en 2003.
No solo se llevó a casa premios Goya ni la Medalla de Oro de la Academia; se llevó también el respeto y admiración por ser uno de los grandes nombres del cine en español. Su trayectoria comenzó como sonidista en Río de Janeiro, pero pronto dio el salto a la dirección tras pasar por España. Conoció a maestros como Mario Camus o Sergio Leone antes de convertirse él mismo en referente.
A veces su voz resonaba más fuerte que otros: “Todo el mundo tiene un precio”, decía Bengoa, protagonista de Tiempos difíciles. Y vaya si lo entendió; sus películas desnudaban las miserias humanas mientras él lidiaba con una industria que intentaba silenciarlo.
A través del tiempo dramático y su forma única de narrar historias, Aristarain supo capturar esa esencia cruda y realista del ser humano. ¿Y quién podría olvidar a actores icónicos como Federico Luppi o Mercedes Sampietro bajo su dirección?
Su frustración por el rumbo actual del país era palpable. En momentos difíciles para Argentina, especialmente con la llegada al poder del polémico Javier Milei, expresó sin tapujos su indignación ante la destrucción sistemática del cine local: “Se entregó el gobierno a una banda organizada sin ideología”, decía con rabia. Como si estuviera rodando otra película épica, instaba a los argentinos a salir a luchar por lo que consideran justo.

