En un bar de Santa Catalina, donde el sonido de las cañas y los cubatas solía ser la banda sonora de momentos felices, Aina le confiesa a Víctor que ha tomado una decisión importante. «Finalmente entrego el piso. Me voy a vivir a Barcelona», dice con un leve temblor en la voz. La dueña del apartamento subió el alquiler de 850 a 1.300 euros, y ahora Aina siente que necesita estar más cerca de su familia.
Recuerdos compartidos
Víctor, con la mano sobre la pierna de Aina, intenta tranquilizarla: «No te preocupes, todo va a estar bien. Es una nueva etapa». Mientras ella sonríe y brinda con él, sus pensamientos vuelven al luminoso departamento que compartieron en Palma tras la pandemia. Un hogar con tres habitaciones amplias en una calle tranquila donde celebraban desayunos al sol y cenas bajo las estrellas.
Pero esos días felices parecen ya lejanos. Después de disfrutar juntos de tantos momentos especiales, ahora se despiden con un abrazo cargado de nostalgia. Susurros al oído recordando el amor que todavía sienten entre ellos antes de que Aina parta hacia su nuevo destino.
Solo en la barra del bar, Víctor pide otra caña mientras hojea unos periódicos apilados frente a él. Los titulares golpean su mente como un martillo: «Masivo clamor en Palma contra la saturación»; «Alquilan viviendas ilegales por 1.600 euros»; «Los alquileres por encima de 2.000 euros se disparan en la isla». Se pregunta cómo es posible que los residentes locales, aquellos que trabajan duro cada día y pagan impuestos, tengan que vivir en condiciones tan precarias.
A medida que se sumerge más en los artículos, siente una creciente indignación por cómo el Govern balear parece no reaccionar ante esta crisis habitacional evidente. Las preguntas fluyen sin respuesta: ¿Qué soluciones están proponiendo para ayudar a quienes comparten piso por necesidad? ¿Por qué se les niega el acceso a un hogar digno?
El camarero le sirve una caña que no pidió, y eso solo añade más frustración al momento. Con ironía le muestra otro titular: «La economía balear se dispara mientras la crisis habitacional sigue excluyendo a muchos». Se muerde los labios al leer declaraciones sobre constructores siendo responsables de crear viviendas para rentas medias y bajas; negando con la cabeza piensa: «¿Es esto lo que han hecho las islas? Depender de constructores para garantizar nuestro derecho a un hogar?».
Cierra el periódico tras pagar su cuenta y sale del bar sintiendo cómo su corazón pesa al ver partir a Aina hacia una vida incierta en Barcelona mientras él queda atrapado en medio del caos inmobiliario balear.

