Adentrándonos en el corazón de Londres, encontramos un lugar donde la historia y la elegancia se dan la mano desde el siglo XIX: el All England Lawn Tennis and Croquet Club. Este templo del tenis, a tan solo 50 minutos del bullicioso centro de la ciudad, nos invita a disfrutar de una experiencia única que trasciende lo deportivo. Wimbledon es más que un torneo; es un ritual que los británicos esperan con ansias cada verano.
Un Viaje al Pasado
Desde el momento en que cruzas las puertas del recinto, te sientes transportado a otro tiempo. El ambiente está impregnado de tradición, donde los tenistas lucen uniformes inmaculados y los verdes prados parecen sacados de un cuento. Aquí, incluso el aficionado menos atento reconocería al instante que ha llegado a Wimbledon. Las costumbres son muchas: hacer cola durante toda la noche para conseguir una entrada se ha convertido en una especie de leyenda local desde 1922. La The Queue, como la llaman aquí, ofrece a 1.500 afortunados la oportunidad de presenciar este evento mundial cada día.
No todos logran su meta; hay quienes pasan noches enteras acampando bajo las estrellas solo para ver un partido y eso crea una mezcla fascinante entre devoción y camaradería. Y qué decir de las fresas con nata: otro símbolo icónico que acompaña cada encuentro. Desde el Ground Pass, puedes disfrutar del torneo junto a otros aficionados mientras saboreas un vaso de Pimms y te relajas en The Hill, donde proyectan los partidos en una pantalla gigante.
Así es Wimbledon, donde hasta 2025 se vendieron más de 2 millones de fresas, convirtiéndose casi en un plato nacional durante esta época estival.
Aquí no todo se vive en la Pista Central; aunque esa majestuosa cancha techada tiene capacidad para 15.000 espectadores, muchos prefieren disfrutar del ambiente sin necesidad de estar dentro. Por supuesto, eso no significa que no haya modernidad: tecnologías como el VAR han llegado para quedarse pero siempre con ese toque clásico e inconfundible que caracteriza al Grand Slam británico.
En Wimbledon hay espacio para todos; desde miembros del club hasta recogepelotas seleccionados por sus vínculos familiares con él mismo. Cada rincón recuerda a un jardín inglés cuidado hasta el más mínimo detalle; incluso el halcón Rufus hace su parte vigilando sobre las palomas.
Las tradiciones también incluyen reglas peculiares sobre vestimenta: todo debe ser blanco debido a una moda victoriana pasada que aún persiste hoy en día. Aunque las mujeres han conseguido permisos recientes para llevar ropa interior colorida durante su menstruación, lo cierto es que sigue siendo uno de esos detalles únicos que añaden carácter al evento.
A medida que vemos cómo avanza este torneo tan especial, nos damos cuenta de que no solo estamos asistiendo a competiciones deportivas; estamos siendo testigos de historias compartidas por generaciones. La esencia mágica sigue viva aquí y Rolex ha estado presente desde hace décadas como símbolo indiscutible del prestigio asociado con Wimbledon.

