El ciclismo, ese deporte que late en el corazón del pueblo, es también un camino empedrado de sacrificios y exigencias. Solo quienes han sentido la adrenalina de rodar al límite conocen lo ingrato que puede ser este mundo. Aquí, solo hay un ganador y el resto, en muchos casos, son meras sombras. Sin embargo, Enric Mas ha sido víctima de una injusticia desmedida. Críticas severas y golpes bajos le han caído como si fueran piedras. Pero ¿acaso no es difícil mantenerse en la cúspide del ciclismo actual? Hoy más que nunca se enfrenta a titanes como Pogacar o Vingegaard.
Recordaremos sus nombres por años, pero no olvidemos al mallorquín de Artà, quien ha sabido aprovechar esta Vuelta para demostrar su valía. No solo se trata de callar bocas; es una reivindicación personal. Al verse como líder tras aquellos giros inesperados que forman parte de esta aventura sobre dos ruedas, Mas ha reafirmado su lugar en la historia del ciclismo. Nadie puede decir que no tiene agallas.
Y si echamos la vista atrás a ese Tour del 23 y aquella desafiante etapa en Bilbao, recordaremos sus palabras: ‘Yo nunca me escondí’. Ahora somos más los que creemos en él; hace solo una semana cabíamos todos en un taxi.

