La Fórmula 1 siempre nos regala momentos de adrenalina pura, pero lo que vivimos recientemente en Mónaco fue un recordatorio brutal de lo peligroso que puede ser este deporte. Ollie Bearman, una de las promesas del año, se estrelló en Massenet, un punto negro en el circuito donde muchos han sucumbido a la presión. El piloto británico perdió el control de su monoplaza mientras intentaba adelantar a George Russell y acabó contra la barrera. Un momento que nos hizo contener la respiración.
Accidente tras otro: ¿Qué le pasó a Bearman?
Aquella curva que desemboca en la plaza del Casino es famosa por su dificultad, y no es para menos. Cada año, los pilotos se enfrentan a un asfalto cambiante que hace que prever el agarre sea casi un juego de azar. En su momento crítico, Bearman pareció despistarse y eso le costó caro; chocó con fuerza, aunque afortunadamente pudo salir del coche por su propio pie. La bandera roja ondeó durante unos siete minutos, mientras los mecánicos valoraban los daños del vehículo.
Es curioso cómo este tipo de accidentes evoca recuerdos del pasado; quienes seguimos la F1 recordamos incidentes similares vividos por leyendas como Max Verstappen o Fernando Alonso. El miedo está presente cada vez que los coches rugen en las calles monegascas y ese riesgo es parte del espectáculo. Pero claro, no podemos evitar pensar si esta cultura de conducción al límite no estará tirando a la basura algo más que puntos en el mundial.

