En el emocionante escenario del GP de Qatar, Leo Fornaroli ha dejado huella al coronarse campeón de la Fórmula 2. No es común que un título se decida antes del final, y mucho menos en una categoría donde el talento abunda. Este año, mientras todos estaban pendientes de las promesas como Lindblad o el controvertido Alex Dunne, el verdadero rey fue Leo, un joven italiano que ha sabido hacerse un nombre a base de esfuerzo y determinación.
Una historia de éxito y realidad dura
Foranoli, oriundo de Piacenza, en Emilia-Romaña —una tierra apasionada por sus pilotos— logró afianzar su liderazgo al subir al podio en la carrera principal. Aunque Victor Martins se llevó la victoria, su segundo puesto fue suficiente para asegurarse la corona. Es un chico maravilla que ha sorprendido a muchos; no cuenta con grandes padrinos como su compatriota Kimi Antonelli ni goza del mismo reconocimiento mediático. Pero los números hablan: comenzó su andadura por la Fórmula 3 arrasando sin ganar carreras pero manteniendo una regularidad impresionante y ahora ha explotado en F2 con cuatro victorias y cero fallos desde Austria.
Su nombre ya está grabado en los anales de esta categoría junto a leyendas como George Russell y Charles Leclerc, quienes también fueron campeones en sus debuts. Sin embargo, aquí viene lo más crudo: a pesar de sus logros impresionantes, su futuro en la Fórmula 1 parece incierto. Con solo unos pocos asientos libres en Red Bull y Racing Bulls —donde los favoritos son otros— Fornaroli podría verse relegado a equipos menos competitivos en Japón.
Aquí tenemos a un piloto que ha demostrado ser rápido y versátil en una categoría repleta de desafíos mecánicos; es triste pensar que podría no tener su oportunidad entre los grandes. El automovilismo tiene estas cosas: triunfos y desilusiones conviven constantemente. Así es el juego.

