Voltaire, ese gran pensador, decía que la estupidez es una enfermedad extraordinaria. Y vaya si tenía razón. Al final, no es quien padece la enfermedad el que sufre, sino quienes le rodean. Si hubiera podido ver el mundo del fútbol actual, seguramente habría tenido mucho que decir sobre cómo este deporte saca lo peor de nosotros.
En solo una semana hemos sido testigos de actitudes que dejan sin palabras. En el Bernabéu, por ejemplo, algunos decidieron interrumpir un minuto de silencio en honor a un fallecido simplemente porque jugó en el Real Madrid. ¿Es esto realmente lo que queremos reflejar como sociedad? Nostalgia de épocas oscuras y un comportamiento totalmente despreciable.
La muerte y el fútbol: ¿dónde está nuestra humanidad?
Y no se quedó ahí la cosa. El sábado pasado, mientras aún nos sobrecogía la noticia del fallecimiento de Carles Miñarro, había quienes se preguntaban si debían aplazar el partido entre Barcelona y Osasuna por razones meramente logísticas. Como si perder una vida fuera tan trivial como mover un partido para no alterar las fechas de la Liga. Es vergonzoso.
Pero lo más alarmante llegó desde Aranda de Duero, donde un árbitro fue agredido brutalmente durante un partido infantil. Un padre descontrolado decidió descargar su rabia contra un hombre que solo buscaba hacer su trabajo en un encuentro de chavales. Esa agresión habla muy mal de todos nosotros: clubes, medios de comunicación, jugadores y entrenadores somos parte del problema al normalizar este tipo de comportamientos hacia los árbitros, tratándolos como potenciales delincuentes.
Así que sí, Voltaire describió a la perfección uno de los grandes males del fútbol español sin saberlo. Y nosotros seguimos mirando hacia otro lado mientras esta enfermedad se propaga.