En un rincón de las afueras de Palma, donde la tranquilidad debería reinar, se ha desatado una tormenta. En la carretera de Sóller, entre la rotonda del Polígono de Son Castelló y Son Sardina, los residentes están viviendo una pesadilla que parece no tener fin. Una finca okupada se ha convertido en el epicentro del caos, y lo que comenzó como una preocupación ha escalado hasta el punto de poner en riesgo su seguridad.
Desde hace tiempo, estas familias soportan ruidos ensordecedores y un desfile interminable de desconocidos que convierten sus calles en un verdadero campo de batalla. Los fines de semana, la música retumba sin parar desde el amanecer; son fiestas que parecen no tener control ni sentido. ¿Quién puede vivir así? Los vecinos han hecho llamados desesperados a la Policía, pero nada parece cambiar. La angustia se siente palpable; uno de ellos lo expresaba con claridad: «Ya se cuelan en nuestros terrenos, en casas particulares; no puedes estar tranquilo ni en tu propia casa». Este tipo de situaciones ya es algo cotidiano para ellos.
La lucha diaria por recuperar la paz
El último episodio ocurrió hace unos días cuando uno de los asistentes a estas fiestas invadió el terreno privado de un vecino. Y no solo eso: botellas vacías y latas abarrotan las calles después del desenfreno nocturno. Es triste ver cómo los residentes se organizan incluso para limpiar lo que otros dejan atrás, mientras su hogar es constantemente amenazado por este ambiente tóxico.
Dentro de esa finca okupada hay un desorden total: coches estacionados sin control, motos acuáticas olvidadas y una pancarta publicitaria que da la bienvenida a quienes llegan buscando fiesta. Lo más alarmante es que algunos indican que incluso hay menores involucrados en todo este lío. A pesar del despliegue policial realizado anteriormente—donde recuperaron vehículos robados y pusieron multas—el ruido sigue siendo insoportable.
A medida que avanza el tiempo, los vecinos sienten cada vez más miedo al pensar qué podría pasar si esta situación persiste. La presencia continua del alcohol y otras sustancias pone en peligro tanto a niños como a animales domésticos en esa zona tan vulnerable. La pregunta resuena entre ellos: «¿Deberíamos irnos esos días para buscar algo de paz? Aunque ahora con esta gente metiéndose en nuestras casas… ¿de qué sirve?» La incertidumbre les acecha cada fin de semana.

