Era un jueves cualquiera en el poblado chabolista más grande de Palma, ubicado en Son Serra Parera. Alrededor de las seis de la tarde, el aire se llenó de humo y llamas que devoraban las infraviviendas donde tantas familias habían hecho su hogar. La escena era caótica; los gritos resonaban entre quienes habían llegado a convivir allí, procedentes en su mayoría de Rumanía, Magreb y otras partes del mundo. Gente luchando por sobrevivir en un lugar que ya estaba marcado por la precariedad.
Testigos relatan lo sucedido
Driss, uno de los vecinos que vio cómo su vida se reducía a cenizas, camina entre los restos humeantes buscando algo salvable. «Lo han quemado todo», dice con tristeza mientras señala hacia lo que solía ser su hogar. Recuerda vívidamente cómo una persona salió corriendo del lugar justo antes del estallido del fuego. Su voz tiembla al relatar que no fue un accidente; hay una intención clara detrás de este desastre.
A pesar de la llegada rápida del equipo de bomberos, las llamas arrasaron rápidamente gracias a la vegetación circundante y a los materiales inflamables acumulados en el área. La angustia se apodera también de aquellos que viven cerca; algunos temen que esto pueda repetirse, dejando claro: «Ahora sí tenemos que estar atentos».
Días después, el esqueleto carbonizado de lo que alguna vez fueron hogares sigue presente. Las imágenes son desgarradoras: bombonas quemadas, colchones irreconocibles y recuerdos hechos cenizas. Mientras tanto, Driss reflexiona sobre su nuevo destino en Ca l’Ardiaca: «Me he quedado sin casa, sin nada». Este incidente no solo ha dejado huellas visibles sino también profundas marcas emocionales en toda una comunidad.

