Juan Francisco Menacho, un hombre de 41 años nacido en Eivissa, ha decidido dar un giro a su vida y mudarse a Mallorca por amor. Junto a su esposa Ana, este aventurero no solo se adentra en el mundo laboral, sino que también se embarca en la travesía de estudiar oposiciones. Juan recuerda con cariño su infancia: «A Eivissa viene mucha gente de fuera», dice mientras reflexiona sobre sus raíces familiares provenientes de Sevilla. Recuerda sus días en el colegio público de Santa Eulària y después en el instituto Xarc, donde empezó a forjar su camino.
Un nuevo capítulo en la gran isla
Tras unos inicios en la restauración ayudando a sus tíos con dos restaurantes en Cala Llonga, Juan dio un salto hacia la construcción antes de seguir el corazón hacia Mallorca. Ana, su mujer eivissenca, le abrió las puertas a una nueva vida cuando surgió una oportunidad laboral con los padres de ella. Así fue como comenzó su andadura por la gran isla del archipiélago balear.
Una vez allí, se dedicó al sector logístico de materiales de construcción mientras continuaba formándose. Ahora trabaja para una empresa de catering aéreo y lleva un par de años coordinando la Setmana dels Restaurants, conocida como Restaurant Week: «Lo que hacemos es elegir los mejores restaurantes y crear un menú degustación especial durante la temporada baja», explica con orgullo. Esta iniciativa no solo ayuda a los restaurantes a sobrevivir durante el invierno, sino que también permite a cualquiera disfrutar de platos dignos de Estrellas Michelin a precios más accesibles.
Cabe destacar que tiene planes ambiciosos; le gustaría llevar esta idea también a Eivissa o incluso Menorca. Su rutina diaria comienza temprano; se levanta cada día para ir al gimnasio antes del trabajo y luego dedica las tardes al estudio para convertirse en bombero en Aena. Los fines de semana son sagrados para escapadas románticas por Mallorca o emocionantes rutas en moto con amigos disfrutando así del espectacular paisaje de la sierra de Tramuntana.
Aunque Palma no sea una ciudad enorme, asegura que siempre hay algo que hacer: «No te aburres allí». Sin embargo, no olvida sus raíces eivissenques; ambos vuelven aproximadamente cada dos meses para visitar familia y amigos. Con nostalgia menciona: «Eivissa es preciosa… Sus playas son únicas», aunque reconoce que Mallorc está muy bien también. En cuanto al lenguaje, juega entre varios dialectos; habla mallorquí estándar —que aprendió en la escuela— junto al eivissenc y admite: «Mi mallorquí no es perfecto», pero lo cierto es que se siente parte vital del lugar: «En Inca hay mucha gente hablando mallorquí antes que español».

