En plena calle Oms de Palma, hay un hombre que ha convertido una ventana en su refugio. Se llama Joaquín Lorenzo, un gaditano de 66 años, cuya vida ha dado un giro drástico. Desde hace unos meses, se ha visto obligado a vivir en la calle y cada día cientos de personas pasan junto a él sin saber realmente su historia. «No recuerdo cuántos días llevo aquí», confiesa Joaquín con una voz apagada pero firme.
La lucha diaria por sobrevivir
Con sus pies hinchados y amoratados, este hombre nos cuenta cómo apenas puede moverse. «Hay gente buena que me da algo de dinero o comida porque saben que estoy mal», dice Joaquín mientras mira a su alrededor, donde las miradas curiosas son moneda corriente. Sin embargo, él no quiere ayuda médica. «No necesito nada», insiste cuando los agentes de la Policía Local se acercan para preguntarle sobre su estado. Para él, los servicios sociales son poco más que una presencia ocasional: «Vienen por aquí, pero no hacen mucho».
Y es que la vida en esa ventana tiene sus complicaciones. No puede desplazarse a los baños públicos ni siquiera para lo más básico; por eso utiliza una botella que lleva consigo y eso provoca olores desagradables que alejan a algunos transeúntes. Pero no es solo eso lo que le preocupa: estar en lugares como Ca l’Ardiaca le aterra porque teme ser víctima de robos o agresiones.
«Yo vivo gracias a la ayuda de la gente», dice Joaquín mientras observa cómo algunos le dan monedas o comida al pasar. Con esas pequeñas aportaciones compra agua y yogures, lo justo para sobrevivir en ese espacio reducido donde tiene sus pocas pertenencias: unas mantas y un pequeño calefactor.Su situación es dura, pero parece haber encontrado cierta comodidad en ella: «Aquí tengo suficiente, y si llueve no me mojo». Sin embargo, el olor y su aspecto desgarbado hacen que muchos lo miren con sorpresa e incomprensión.
Así transcurre la vida de Joaquín en esa ventana del centro de Palma; un lugar tan transitado como olvidado para él. Y aunque muchos pasan sin detenerse a pensar en su historia personal, él sigue ahí cada día esperando un gesto amable del mundo exterior.

