El fútbol, ese deporte que une pasiones y genera emociones, parece a veces perderse en la vorágine de decisiones mal tomadas. El Real Mallorca, nuestro querido equipo, está viviendo uno de esos momentos críticos. Pablo Ortells, el Director Deportivo, se ha convertido en protagonista de una trama que podría haberse escrito de otra manera. Y es que no hay duda: despedir a Jagoba Arrasate fue solo el primer paso, pero no el más inteligente.
La falta de visión en las altas esferas
Es doloroso observar cómo alguien puede tener la responsabilidad del club y carecer del conocimiento necesario para manejarlo adecuadamente. Andy Kohlberg, dueño del Mallorca, parece haber tomado decisiones a la ligera desde su lejanía. Podría decirse que está actuando como si el fútbol fuese un juego de mesa en vez de un universo lleno de matices y emociones.
Aquí entre nosotros, ¿no debería Ortells haber sabido mejor? En lugar de dar una vuelta al asunto con un enfoque más estratégico –quizás hablando con Arrasate sobre lo que podía mejorar o planteando alternativas– simplemente siguió órdenes ciegamente. Eso no es liderazgo; eso es miedo. No se trata solo de cumplir con un sueldo, sino también de cuidar los intereses del club y entender que aún hay esperanza para revertir la situación.
Y lo peor es que ahora nos encontramos ante un vacío. Sin plan B ni opción clara a la vista después del despido fulminante. Ortells debería haber tenido preparada una alternativa sólida antes incluso de tomar esa decisión drástica; porque así funciona el fútbol serio: siempre hay un plan, siempre hay una solución al horizonte.
En este momento crítico para el Mallorca, todos estamos pendientes del siguiente movimiento. ¿Quién será el nuevo entrenador? ¿Volveremos a caer en manos inexpertas? La afición merece algo más; merece pasión y compromiso por parte de quienes están al mando. Este club tiene historia y debe recordar sus raíces si quiere recuperar la esencia del juego.

