Todo comenzó una tarde cualquiera en Inca. Olga, tranquila en casa, recibió una llamada que cambiaría su vida. Al otro lado del teléfono, un tipo se presentaba como parte del equipo antifraude de su banco y le decía: «Hemos detectado movimientos extraños en tu cuenta». Eso sonaba serio, ¿verdad? Pero lo que parecía una simple llamada de aviso se convirtió en una pesadilla.
El hombre sabía todo sobre ella: sus cuentas, los saldos e incluso los últimos movimientos. Era como si tuviera acceso directo a su vida financiera. A pesar de las dudas que comenzaron a asomar, la confianza fue más fuerte y acabó entregando información sensible; su DNI y los dígitos de su tarjeta bancaria no tardaron en salir de sus labios. «Yo pensé que era un trabajador del banco… y confié», recuerda con angustia.
Un desplome inesperado
Aquel domingo, tras no recibir la esperada llamada para solucionar el problema, Miquel Àngel entró en la cuenta común. Lo que vio le heló la sangre: números rojos por todas partes. Préstamos impagos, recibos devueltos… «A mí se me cayó el alma», confiesa mientras revive aquel momento devastador.
Olga empezó a buscar ayuda desesperadamente y se encontró con un gestor del banco que le pidió exactamente los mismos datos que ya había proporcionado al estafador. Y aquí viene lo más indignante: la culpa era de ella, por haber dado esa información tan crucial. Tras este golpe emocional, Olga sufrió un ataque de ansiedad al descubrir que además habían solicitado un préstamo a su nombre por 30.000 euros y dos tarjetas más.
En total, les habían estafado 85.134 euros; una cifra escalofriante que podría arruinar a cualquier familia. Ahora están luchando junto al abogado Josep de Luis Ferrer para recuperar lo perdido, mientras la sensación de impotencia sigue pesando sobre ellos como una sombra.

