En un rincón soleado de Mallorca, donde los campos verdes solían ser el alma de la isla, encontramos a dos personas que han vivido el cambio radical del paisaje mallorquín. Ella tiene 104 años y ha visto cómo su hogar se transformaba de un paraíso agrícola a un monocultivo turístico que parece no tener fin. Él, con 75 años, recuerda los días en que el aire olía a tierra fresca y el ruido del mar era solo un susurro.
Una realidad desbordante
A medida que avanzamos por las calles abarrotadas en pleno verano, es imposible ignorar la realidad: las Balears han pulverizado todos los récords de turistas extranjeros este año. El INE lo confirma y nosotros nos preguntamos: ¿realmente queremos seguir por este camino? Muchos dicen que esto es un aeropuerto, no un centro comercial; ¡y cuánta razón llevan!
Los abuelos cuentan historias sobre cómo se cultivaban tomates y aceitunas. Hoy, en lugar de eso, nos encontramos con tiendas llenas de souvenirs y restaurantes donde se sirve comida rápida más que platos tradicionales. Mientras tanto, localidades como Artà empiezan a dar pasos hacia atrás, aprobando reducciones en las plazas turísticas, intentando rescatar algo del espíritu auténtico que una vez tuvo.
Todavía hay quienes claman por cambiar esta tendencia. En palabras de uno de ellos: “No podemos permitir que nuestro hogar se convierta en una atracción turística sin alma”. Este grito resuena cada día más fuerte entre aquellos que añoran el pasado.

