Era un día como cualquier otro, el 18 de febrero de 1993, cuando dos chicos de Barcelona, David y Antonio, decidieron cruzar los controles de la base General Asensio en Palma. Con solo 18 y 19 años, ellos pensaban que iban a cumplir con su servicio militar, pero lo que encontraron fue un auténtico infierno. Eran parte de la Compañía de Operaciones Especiales (COE), conocidos como los ‘guerrilleros’, pero la leyenda que rodeaba a este cuerpo pronto se desvaneció ante sus ojos. En lugar de honor y disciplina, lo que les esperaba era una realidad aterradora llena de violencia y abuso sistemático.
El coraje para escapar del horror
Apenas dos meses después de entrar en ese lugar sombrío, David y Antonio tomaron una decisión valiente: desertar. Se esfumaron en la noche, regresaron a sus hogares en Cornellà y Tarragona, y sin pensarlo dos veces se dirigieron al juzgado para relatar todo lo que habían vivido. Su testimonio no dejó lugar a dudas sobre lo que realmente sucedía tras esos muros; desde el primer día fueron víctimas de una espiral constante de vejaciones físicas y psicológicas.
Los veteranos se encargaban de torturar a los novatos bajo la mirada pasiva o incluso cómplice de los mandos. Las llamadas ‘novatadas’ eran mucho más que bromas pesadas. Antonio relató cómo uno de los cabos le metió una pistola de aire comprimido en la boca mientras le preguntaba si tenía miedo a morir. Era una locura total: les colocaban machetes en el cuello o les disparaban con balines solo por diversión.
Dormir allí era un lujo arriesgado; cada madrugada podían ser despertados para sufrir sesiones extenuantes acompañadas de golpes. La presión psicológica era tan intensa que algunos soldados colapsaban: uno llegó a intentar suicidarse con pastillas tras caer en una crisis nerviosa.
La fuga valiente de estos jóvenes no fue solo un acto individual; fue el inicio del fin del silencio sobre las atrocidades cometidas dentro del cuartel. La organización Información para la Defensa del Soldado (IDS) tomó su caso y llevó las denuncias a los tribunales, señalando que había una clara complicidad por parte del mando militar.
Aquel abril cambió todo. Las revelaciones sobre lo sucedido en la base General Asensio impactaron profundamente el ya desprestigiado servicio militar obligatorio en España, erosionando aún más su legitimidad hasta su desaparición definitiva unos años después.
Más de tres décadas después, la valentía de David y Antonio sigue viva en nuestra memoria colectiva. Aquella primera deserción resonó como un eco poderoso que abrió camino para otras denuncias posteriores. Hoy recordamos su lucha contra el sismo del abuso, porque nadie debería tener que soportar eso.

