En Santa Catalina, la comunidad está que echa chispas. Tres días seguidos de música a todo volumen en la Feixina han hecho que muchos regresen a casa con un dolor de cabeza y una sensación de impotencia. «¡A casa arribàrem a prop dels 60 decibels!», comenta uno de los vecinos, aún sin creerse lo que ha vivido. No es solo ruido; es un aviso claro sobre cómo se están gestionando nuestros espacios.
Un clamor por el respeto y la convivencia
La situación ha dejado a muchos preguntándose si realmente nos escuchan. La mezcla entre fiesta y descontrol no parece tener fin, mientras ellos disfrutan y nosotros sufrimos las consecuencias. Es frustrante ver cómo el placer de unos pocos puede tirar por la borda la tranquilidad de toda una comunidad.
Con cada nota que retumbaba, se sentía más fuerte el eco de las quejas. No estamos hablando solo del volumen; esto es un síntoma del monocultivo turístico que tanto nos afecta. ¿Es este el tipo de desarrollo que queremos? Los vecinos lo tienen claro: hay que cuidar nuestra calidad de vida y exigir respeto por nuestros espacios comunes.

