En el corazón de Sa Feixina, un parque que debería ser refugio y tranquilidad, se desató una auténtica «ultramaratón del ruido». Tres días y noches de música a todo volumen, donde el DJ Jaume Colombás dejó su huella sonora el pasado 5 de septiembre. Lo más alarmante es que la Associació de Barri Cívic Santa Catalina – Es Jonquet hizo mediciones dentro de sus hogares y, a pesar de tener cristales insonorizados, el sonido alcanzó niveles insoportables: ¡60 decibelios!
«Desde hace meses venimos advirtiendo que ‘El renou és tortura'», enfatizaba la asociación en un comunicado lleno de indignación. Este fin de semana, la respuesta del Ajuntament fue clara: ofrecernos una muestra práctica del infierno sonoro.
Una fiesta que no cesa
No solo ellos protestan; otros grupos como La Llotja-Born también han sufrido las consecuencias del festival Patrona en Parc de la Mar. Y es que las celebraciones en Sa Feixina no solo trajeron alegría a algunos, sino molestias constantes para quienes viven allí.
Los vecinos intentaron anticiparse al caos. El 31 de agosto enviaron un escrito al Cort preguntando sobre los límites acústicos autorizados para esa verbena del 4 de septiembre y qué controles se iban a implementar. Sin embargo, una semana después todavía estaban esperando respuestas mientras las fiestas comenzaban puntuales y ruidosas. Desde las 20:00 hasta las 02:00 horas, seis horas ininterrumpidas con cuatro DJs amplificando su música frente a sus casas.
Los residentes se vieron obligados a llamar a la Policía Local pidiendo una medición oficial por parte de la Patrulla Verde. Pero ¿qué pasó? Nadie apareció ni pudieron aclarar cuál era el límite permitido ni proporcionarles un número de incidencia. Se sintieron abandonados; incluso tuvieron que ir personalmente a dependencias policiales para conseguir información sobre sus propias llamadas.
Poco después llegó el segundo y tercer acto del espectáculo sonoro: otro festival popular chileno durante sábado y domingo, prolongando las molestias hasta pasadas las 23:30 horas. No tienen nada en contra de estas celebraciones, pero claman porque su hogar no sea tratado como un escenario abierto donde todo vale.
Aún más difícil fue comprender cómo se autorizó otra verbena en domingo por la noche cuando el lunes ya toca madrugar para ir al trabajo o llevar a los niños al colegio. Las voces vecinales resaltan que muchos no compraron entradas para ese festival; simplemente habitan allí.
Cort parece haber olvidado cómo es vivir alrededor del bullicio constante. Los vecinos exigen respeto por sus derechos como ciudadanos; Palma tiene espacios adecuados para eventos sin necesidad de sacrificar su descanso nocturno.
Llevamos meses gritando ‘El renou és tortura’, pero este fin de semana quedó claro lo poco que les importa nuestra salud a los responsables municipales bajo la excusa festiva. Las fiestas pueden evolucionar, pero eso no debería convertir nuestro barrio en un club nocturno permanente.

