Era una noche cualquiera, un viernes como cualquier otro. Un vecino de la finca en la calle Bonaire se encontraba tranquilo, disfrutando de su cena de sushi con su pareja, sin imaginar lo que le esperaba al volver a casa. A eso de las 21:30, al entrar al portal, un olor extraño a quemado le hizo levantar la ceja, pero no pensó más en ello y se fue a dormir.
Sin embargo, el sueño no duró mucho. A las 23:30, lo despertaron unos gritos desgarradores desde la calle. Al asomarse al balcón, vio un caos absoluto: gente corriendo y gritando por el fuego. “Desperté a mi pareja y cuando intenté abrir la puerta… ¡menudo error! Un golpe de humo me invadió y casi me ahoga”, relata el joven mientras recuerda el terror que sintió.
Una lucha contra el fuego
Asustados, ambos se refugiaron en la terraza mientras escuchaban los gritos desesperados: “¡Fuego, fuego!” Desde allí observaron cómo los valientes trabajadores del restaurante La Vasca luchaban con extintores para controlar el incendio que había comenzado en un cuadro eléctrico del edificio. “Gritamos para avisarles que estábamos atrapados aquí arriba”, cuenta aún temblando.
Afortunadamente, los bomberos llegaron rápidamente y lograron apagar las llamas antes de que se propagaran por todo el edificio. Sin embargo, la vivienda quedó inhabilitada; “No hay luz ni se puede respirar allí dentro”, lamenta el vecino mientras se pasa las manos por el rostro cansado. Su hogar ahora está lleno de hollín y completamente negro.
Siete personas resultaron intoxicadas levemente por inhalación de humo esa noche; afortunadamente nadie tuvo que ser hospitalizado. Pero para muchos residentes fue una noche larga y amarga; algunos tuvieron que pasarla fuera de sus casas porque sus viviendas eran inhóspitas tras el incidente.

