El pasado viernes, el mundo se despidió de Lluís Bonet i Armengol, un sacerdote catalán que dejó una huella imborrable en la historia de la Sagrada Familia. Con 95 años a sus espaldas, dedicó 25 de ellos a ser rector de este emblemático templo, convirtiéndose en un referente no solo espiritual, sino también humano. Su vida estuvo marcada por su pasión por el arte y su deseo incansable de impulsar la beatificación del gran arquitecto Antoni Gaudí.
Recuerdos entre amigos y familia
Desde muy pequeño, Lluís veraneaba en Llucalcari, donde los recuerdos familiares eran lo que más le llenaba. Su sobrina compartió con nosotros cómo solía recordar esos estíos pasados con una mezcla de nostalgia y alegría. En ese pequeño rincón de Deià, conservan todavía las obras de teatro que él mismo escribía desde niño. ¡Qué bonito saber que creaban sus propios vestuarios y ensayaban entre hermanos y vecinos! Eran momentos mágicos, donde la comunidad se unía para representar sus historias cada verano.
El exalcalde de Deià, Lluís Apesteguia, también quiso rendir homenaje a Bonet i Armengol al destacar su compromiso social y humano. “Era un catalán comprometido”, comentó Apesteguia, resaltando su cercanía con todos aquellos que le rodeaban. Para él, vivir la palabra de Jesús era sinónimo de inclusión y empatía.
Nacido en Barcelona en 1931, Lluís Bonet era hijo del arquitecto Lluís Bonet i Garí, quien fue discípulo del mismísimo Gaudí. La vida le llevó a convertirse en una figura clave para la transformación del templo tras la Guerra Civil. Su legado perdurará no solo en las piedras que ayudó a levantar, sino también en los corazones de quienes tuvieron el privilegio de conocerle.

