En un rincón especial de Santa Ponça, la actriz Ana Fernández no solo brilla en la pantalla. Desde hace tres años, se ha convertido en armadora de su propio barco, una aventura que comenzó con una decisión valiente: «Lo decidimos con mucho esfuerzo y sufrimiento», confiesa entre risas. Con su pareja, Adrián Roma, vocalista del grupo Marlon, han hecho de su embarcación un símbolo de emprendimiento en un país donde los sueños a veces parecen naufragar.
Un grito por la regulación turística
Durante el cóctel de armadores de la Copa del Rey MAPFRE, Ana no perdió la oportunidad para hablar claro. «No soy residente y si me hacen pagar tasas lo haría encantada», dice sin dudarlo. Sin embargo, es rotunda al señalar que «Mallorca no es Disneyland»; la isla tiene que proteger a sus residentes y regular el turismo que llega como una marea descontrolada. «Es peligroso dar barcos a cualquier persona sin nociones del mar», advierte con preocupación.
A medida que habla sobre el estado del turismo en Mallorca, su voz se llena de pasión. «No estoy de acuerdo con el modelo actual; necesitamos servicio pero con cabeza». La realidad es cruda: muchos mallorquines están dejando la isla porque los alquileres son más altos que sus salarios. ¿Quién va a querer vivir así? Y mientras ella reflexiona sobre las calas idílicas y el mar cristalino, recuerda que «hay que cuidarlos».
A pesar de ser consciente de las manifestaciones por la masificación turística este verano, reconoce que debe haber un equilibrio: «La prioridad debe ser siempre la gente local». Si no se gestiona bien esta situación, corre el riesgo de hacer naufragar no solo los negocios locales sino también el espíritu mismo de Mallorca.
A nivel profesional, Ana está exhausta tras terminar el rodaje de su serie más reciente pero ya tiene planes emocionantes para septiembre y sueña con regresar a Los Protegidos. Mientras tanto, sigue defendiendo a capa y espada lo que ella cree: Mallorca merece prosperar sin perder su esencia.

