Madrid vivió una noche intensa, donde Kanye West, conocido ahora como Ye, se adueñó del Metropolitano con un espectáculo que atrajo a 68.000 almas. Y, a pesar de su historial de declaraciones incendiarias y polémicas que lo han hecho vetado en varios países europeos, aquí, en España, el show continuó. ¿Dios o bufón? Esa es la pregunta que muchos se hacen mientras lo ven brillar sobre el escenario.
Una presentación llena de contrastes
Es innegable que Kanye tiene uno de los cancioneros más impresionantes del hip hop moderno. Pero al mismo tiempo, no podemos ignorar su lado más oscuro: desde hacer apología a Hitler hasta menospreciar movimientos antirracistas como Black Lives Matter. ¿Cómo reconciliar esas dos facetas? Es complicado asistir a un concierto donde cada nota te hace vibrar mientras tu mente recuerda las sombras de su pasado.
En el Metropolitano, Ye comenzó su actuación rodeado por una esfera que simulaba el mundo. Era casi poético ver cómo defendía sus letras desde esa altura, aunque también chocante; el hip hop nació en las calles y verlo así puede desvirtuar un poco su esencia. Sin embargo, a pesar de todo esto, lo cierto es que el espectáculo fue impresionante.
Y no solo eso: un 60% del público vino desde fuera. Bandas de diferentes nacionalidades ondeaban banderas al viento, personas que habían viajado miles de kilómetros para ver a alguien cuya música trasciende fronteras a pesar de sus comentarios despreciables.
Kanye cantó temas clásicos como Power, donde el público coreaba cada letra con fervor casi religioso. La atmósfera era electrizante y todos parecían dispuestos a aplazar cualquier juicio moral durante esas horas mágicas en las que todo gira alrededor de la música.
Aunque no habló mucho durante el concierto —quizás porque su arte habla por él— sí dejó claro que sigue siendo un fenómeno cultural inigualable. Con 24 premios Grammy y una lista interminable de éxitos, ha moldeado la cultura pop contemporánea como pocos artistas lo han hecho.
El final fue simplemente catártico; con brazos alzados y voces desgastadas, sus fans gritaron su nombre hasta quedárselo sin aliento. Un homenaje sincero pero también lleno de contradicciones: celebrar al artista sin absolver al hombre detrás del micrófono es una tarea titánica. ¿Estamos ante un genio o ante alguien que está destruyendo su legado? La respuesta parece depender del cristal con el que se mire.

